LOS PERROS CALLEJEROS

Cortesía del grupo juvenil GAIA. Autora: Ana Elena Álvarez (con la colaboración de Lulú Idi).

En América Latina, el fenómeno de los perros callejeros representa un quebradero de cabeza para la población, alcaldes y gobiernos. Los cálculos más alarmantes son pavorosos: cerca de tres millones de canes flacos, sucios, con sarna y pulgas, descuidados, deambulan por las calles de México, San Salvador, Caracas, Bogotá, Río o Santiago de Chile, dejando tras de sí el rastro de la insalubridad, y en los peores casos, el virus de la rabia.

Solamente en la Ciudad de México y las poblaciones de su periferia, con un número de habitantes cercano a los treinta millones de personas, se pasean cerca de dos millones de perros. Los ejemplares indocumentados suman unos 200,000, pero, de acuerdo con la Federación Canófila Mexicana, no hay constancia fiable sobre los dueños de otros 1.200,000 animales. Es posible ver a mendigos que pululan por las esquinas acompañados por jaurías tan famélicas como ellos.

En conjunto, las heces caninas llegan a las 625 toneladas diarias. Y el rastro de esos excrementos se junta con otros contaminantes que hacen de la capital mexicana, una de las más contaminadas del mundo, en la que cada mes mueren unas 140 personas por afecciones vinculadas con la contaminación, según fuentes médicas.

La falta de recursos económicos frena los intentos para controlar este problema adecuadamente y, en ocasiones, las campañas de caza y captura ocasionan más conflictos que soluciones: mensualmente, según las estadísticas disponibles, se arrojan 14,000 cuerpos de perros sacrificados a los basureros al aire libre.

Esterilización

Yolanda Alaniz, coordinadora de la Asociación Mexicana por los Derechos de los Animales, reconoce la lacra: «Es cierto que la acumulación y posterior dispersión en el aire de las heces fecales de los perros callejeros, y aún de canes con dueños irresponsables, constituyen un riesgo para la salud. Sin embargo, la disposición final de los cuerpos de miles y miles de animales sacrificados agrava la crítica situación ambiental de nuestra ciudad».

Los activistas por los derechos de los animales aseguran que, a pesar de la convocatoria de reuniones por parte del Instituto de Servicios de Salud del Distrito Federal para recabar información y buscar soluciones, entre ellas la esterilización, las cosas no funcionan. Al menos, en lo que concierne a la persecución y caza de los animales. «En 30 años de esta práctica, ha quedado demostrado que no es el remedio», sostiene Cecilia Vega, vocal de una fundación que colabora con el sacrificio menos cruel de los perros. La prueba está en las calles.

¿Cómo se ha llegado a esta situación? Buena parte de los canes abandonados pertenecían a familias humildes, que optaron por abandonarlos ante la imposibilidad de alimentarlos. Las dificultades para su control y la cadena reproductiva se han encargado del resto. Las vías públicas menos vigiladas se han convertido en perreras al aire libre, lugares donde los animales rompen las bolsas de basura en busca de comida y desperdigan los residuos.

El descuido ha llegado incluso a los parques más céntricos, ya que pocos son los dueños que recogen en bolsas los excrementos de sus perros. «A mí, cuando los meto en una bolsa de plástico, me miran con extrañeza», comenta una española residente en el Distrito Federal. El artículo 4 del Código Delegacional atribuye al Departamento del Distrito Federa «la autorización y regulación de tenencia de animales domésticos y salvajes». La disposición, según las protestas de los vecinos, es papel mojado.